jueves, 28 de septiembre de 2023

Los síntomas de la enfermedad

 ¿Qué me libra de mí? 

Nada al parecer

¿Es verdaderamente necesario renunciar al propio yo? ¿No lograr hacerlo es falta de un humor sano? No sé a dónde voy escribiendo ésto pero en el momento presente me tiene sin cuidado. Sé de memoria los síntomas de la enfermedad,  o quizá los invento en cuanto los experimento (¿eso es una contradicción? parece que sí).


Bueno, escribí en un cuaderno escolar que quiero hacer pasar por mi diario íntimo que ya no tengo esa enfermedad (¿de veras quiero meter en tales aprietos a los que me sobrevivan, o tendré el coraje de quemar todo eso antes de morir? el problema, si tomo esta decisión, es que no sé cuándo moriré, en fin dejemos eso para después). Regreso: escribí que ya no tengo esa enfermedad y de pronto, al día siguiente veo en la calle al portador de... ¿qué? no debería culpar a alguien que responde a un nombre y (creo) tiene credencial para votar de mis obsesiones, pero bueno, también sé que nadie está obligado a declarar en su contra (so pena de ser sentenciado por idiota).

Pero vamos despacio: el síntoma de la enfermedad no puede ser ver a alguien caminar por la calle, lo es el que el discurso que se está pronunciando ante el público (aunque conste de una sola persona) de repente se ralentice y pretenda seguir el hilo del mismo sin que se me note la perturbación... ya di con la palabra: el síntoma es la perturbación. De aquí al sentimiento de culpa sólo hay un paso que sólo con un esfuerzo de voluntad no se da, siempre y cuando una esté decidida a superar la enfermedad.


Este blog se llama "Rostro de agua" precisamente porque mis facciones no son definitivas (las de nadie lo son) y aunque quiero hacerme una cara de palabras, el acomodo de éstas, una detrás de otra o al revés, una, que se queda atrás, deja pasar a otra para que todas tengan juntas algún sentido. ¿Es necesario que todo tenga sentido? Sí, si esperamos ser responsables de nuestra salud mental. Jugar al loco no es divertido, o dejó de serlo para mí. Y no que eso signifique que el nombre del blog deba cambiar, no, así como mis padres me pusieron un nombre y tengo que vivir en él, este blog seguirá la misma suerte, pero, ojo, un blog no es una persona, puede cambiar y (¡ah!) también las personas cambian, de rostro con los años, de apegos también, y la enfermedad sería entonces no poder desanudar lazos, no poder renunciar a apegos por debilidad (sí, otro síntoma) cuando uno se da cuenta que es importante ser fuerte para ahorrarse un montón de sinsabores pues un lapso importante ha sido habitado por ellos y nada anuncia que eso cambie así que, lo que ha de cambiar es el apego a expectativas basadas en la pura ilusión. 

De algo debe servir cumplir años. 


 

martes, 14 de marzo de 2023

A quien corresponde

 A veces creo que esforzarse no es necesario, me digo entonces que debo permanecer como un árbol consciente de la raíz que me alimenta y a la espera del viento o la lluvia para seguir siendo lo que soy. Sencillamente. Simplicidad difícil para alguien como yo tan adicta a las palabras, a los pensamientos. Cuesta ser sólo el instante de la caricia, pero cuesta cuando la caricia no habita el presente. Vendrán los días y el advenimiento de cada una de sus horas, saber que vendrán es lo que está dando cuerpo a este conjunto de palabras, la conciencia de ese advenimiento, sin embargo, se sabe también que puede cesar este continuo de horas y segundos, minutos, días... quizá esa conciencia que también conozco me lleva a escribir como quien habla porque hablar en este minuto no es posible... equivaldría a cavar mi tumba, como se acostumbra decir de manera coloquial. Así que dejo la pala y escribo. Quizá busques mi voz o lo consideres inútil. Lo afirmo, por ahora no sería útil para el propósito conjunto. Da miedo. A mí por lo menos me lo da pero sé que puede ser efímero ese temor, con dejarlo morir de hambre es suficiente. Y ese acto, esa decisión, tiene que ver sólo conmigo, con nadie más. Y no se trata de crueldad, es otra cosa, tranquilidad tal vez, pagada a precio de un desasosiego harto conocido. Malos hábitos. Nada más. Uno solo: empeñarme en ser yo contra todo. ¿Qué tal probar ser otra persona al menos por unos días, por unos meses? Podría funcionar, quizá llegue a ser alguien mejor. Probablemente. Esa es la apuesta.